Su novela se lee al ritmo de un tambor de cumbia en el embrujo de un carnaval. Es una narrativa latinoamericana de vampiros, donde las leyendas clavan sus dientes en la memoria de un pueblo que baila en la selva. La autora colombiana Claudia Amador ficciona el carnaval de su natal Barranquilla para mostrar la disputa de poderes desde un ángulo distinto, desde un cuerpo caribeño y femenino rodeado por un coro de voces tan entrañables como temibles.
En enlace telefónico desde Bogotá, la escritora conversa en exclusiva con El Siglo de Torreón sobre el corpus vampírico de su novela, un texto que la hizo acreedora al Premio de Narrativa Elisa Mújica 2024 y donde conviven las mitologías del Caribe que solía escuchar de niña. Si la palabra abraza el terror y se convierte en criatura, mantener el lado salvaje en un mundo inclinado a la domesticación, implica también un acto revolucionario.
VER MÁS Gerardo Mart y Banda Hammer preparan tributo a José José en el Teatro Nazas
Conoce todos los detalles para que puedas asistir a este homenaje al ‘Príncipe de la canción’
Durante tu infancia, ¿qué historias llegaste a escuchar en Barranquilla que hoy están presentes en tu novela?
Esa es una gran pregunta, porque Barranquilla es una ciudad muy sincrética; está en el Caribe colombiano, hay muchos mitos y leyendas, y al mismo tiempo hay muchos chismes. Entonces, hay uno que compartimos: la Llorona. Y ahí empezó mi fascinación con lo sobrenatural, porque en Barranquilla no sólo cuentan las leyendas, sino que siempre hay alguien que conoce a quien vio al fantasma. Yo tenía una compañera de colegio que según ella veía a la Llorona. Entonces, creo que eso fue marcando mucho este altar constante con lo sobrenatural, pero también con el miedo, porque claro, yo vivía con mucho miedo. Y ya concretamente dentro de la novela, está esta figura de, por un lado, las brujas que por lo menos en Colombia o en el Caribe se tiene esta idea de que las brujas son muy animalescas: una bruja que en la noche encantaba a los hombres, se metía en las casas y se convertía en una gallina y entonces había que matarla a escobazos.
Lo valioso acá es que lo sobrenatural se mezcla con lo popular y con la cotidianidad. Entonces, esto de las brujas me marcó mucho para pensar en la materialidad de los monstruos, pero también en lo ritualico del asunto. Pasa mucho que en los pueblos costeros se hace mucho el ritual de las nueve noches que viene de toda esta herencia africana, de los esclavos que llegaron al continente, y son rituales que durante nueve noches se les reza a las ánimas, pero también se las celebra para que los muertos puedan trascender. Y está la historia de la Candileja, que no es de Barranquilla, pero sí de Colombia, que dialoga mucho con esta idea de unas vampiresas, brujas o sirenas que se vuelven y se meten en los pueblos para castrar a los hombres o matar a los bebés. Todas estas criaturas existían cuando uno iba creciendo y ahí va creándose el imaginario fantástico que, por supuesto, da origen a mucho de lo que alimenta Altasangre.
¿En qué momento la narrativa vampírica de Altasangre comenzó a beber de tu tinta para crear este texto?
Yo creo que comenzó a beber hace años, hace muchos, muchos años. A mí me interesaba el terror, los vampiros, el gótico como tal, pero no es sino hasta el 2020 que ya empiezo con un proceso de una clase del pregrado donde ya analizamos el terror y los arquetipos del gótico, entre ellos los vampiros, como esos espacios sociales que traducen o simbolizan miedos de la sociedad como el descontrol, el apetito, la sexualidad y la sensualidad desmedida. Aunque desde hace mucho leía gótico y terror, había empezado a escribir ciencia ficción y no fue sino hasta el 2020 cuando ya digo: ‘Bueno, vamos a hacer un ejercicio de pensarse los arquetipos de terror, desmantelarlos de toda idea previa y pensárselos desde distintos territorios. En ese momento, yo me lo pensé desde Barranquilla y precisamente fue hacer ese paralelo entre el poder, cómo se maneja la ciudad con dinámicas muy “vampíricas”, cómo el beber sangre puede hacer paralelo con la biopolítica que se maneja en la ciudad, porque no es desde el hambre o la dictadura, sino desde la seducción, y eso también es muy vampírico. Y pensarlo como esta criatura que puede conectar con lo más sincrético, lo más dual, y de alguna manera, lo más fantasmagórico que es el carnaval. Es pensar el vampiro como un actor del carnaval, como un personaje que puede habitar sombras y también esa otra sombra que recorre y que va creando el mismo carnaval y la fiesta en el pueblo.

VER MÁS Realizarán la cuarta edición de la FEDUL en Durango capital
A la FEDUL acudirán autores como la narradadora duranguense Liliana Blum
Altasangre es revolucionaria en la literatura sobre vampiros: el vampirismo es visible, la protagonizan mujeres, los vampiros toman el sol y en lugar de aislarse, viven la danza y el carnaval. ¿Se trata de una propuesta al estilo latinoamericano?
Como todo, siempre hay referencias, hay referencias de todo. Ya estaba escribiendo Altasangre, pero encontré varias referencias que me fueron nutriendo sobre cómo se iban narrando otras maneras de vampirismo en Latinoamérica, tanto clásicas como contemporáneas. Por ejemplo, Quiroga me arrobó varias criaturas vampíricas; El almohadón de plumas creo que es ese gran parásito vampírico que ya da esa distinción entre lo que se pensaba que era un vampiro clásico literario y lo que se empieza a pensar en Latinoamérica, con ese gran gusano gigante en un almohadón. Pero también encontré varias autoras. Por ejemplo, está Michelle Roche Rodríguez, de Venezuela. Ella tiene una novela que se llama Malasangre y, claro, cuando estoy haciendo Altasangre y descubro Malasangre, pánico. “¡Dios mío, lo que estoy haciendo alguien más lo hizo!”. Entonces, la tuve que leer y me sorprendió mucho que es muy diferente, pero también emplea el vampirismo desde una niña que, si bien se esconde, es hereditario (se lo hereda el padre). Y un vampirismo que, por un lado, simboliza cosas en la obra de Michelle. Por un lado, la extracción de petróleo en Venezuela, y por otro, cómo a ese personaje le imponen unas normas sociales. Pero ya es una manera de decir: “Tomamos esta referencia anglosajona, literaria, pero en América se puede hibridar y transformar”.
¿Consideras que, en tu obra, el carnaval es un simbolismo de que la lucha por el poder también puede convertirse en un ritual?
Sí, por supuesto. El carnaval, tanto el real como el que plantea Altasangre. Y es que el carnaval tiene esta complejidad de primero ser un ritual per sé, que está desde los siglos de los siglos, desde que los primeros grupos humanos comenzaron a organizarse y había cosechas y necesitaban bailar para la fertilidad, para el amor, para el deseo, para los dioses; existe el carnaval, la fiesta. Luego es muy interesante que, con el catolicismo, el carnaval se vuelva un poco ese desaforo que depende mucho de la Semana Santa y del Miércoles de Ceniza. Entonces, pasa a ser ese espacio rebelde, pero apoyado por la iglesia para mantener el orden. Entonces, ahí es donde el carnaval tiene esta dualidad que en la costa es muy clara (y espero que en la novela también): este ritual necesario para que la sociedad continúe sosteniéndose, que la gente espera llena de música, de folclor, de tradición. Si en general se manejan unas dinámicas el resto del año, en ese lapso de tiempo eso se quebranta. Pero también se vuelve un mecanismo de poder, un mecanismo de control, porque también se instrumentaliza para fines religiosos, pero también políticos. El carnaval tiene esta doble cara y siendo que es ambas, sin que deje de ser una cosa por ser la otra.

VER MÁS Mario Rojas celebrará una década de carrera en el Palacio de Bellas Artes
A diez años de cantar desde el alma
