En el plano individual, la acción altruista genera picos de recompensa cerebral: se liberan dopamina y oxitocina, se reduce la sensación de aislamiento y se experimenta el llamado “ Helper’s high” . Para quienes han sobrevivido a la enfermedad o han cuidado a un ser querido, ayudar a otros a cruzar la misma tormenta que ellos ya vivieron permite procesar el trauma y resignificar la vivencia dolorosa en un propósito de vida. A nivel comunitario, estas campañas unifican a escuelas, pequeños comercios, empresas y vecinos en torno a un esfuerzo compartido. Así, el cáncer deja de ser un estigma tabú que se sufre en silencio y se convierte en una causa común que genera empatía, trabajo en equipo y cultura de prevención.
El cáncer nos recuerda nuestra vulnerabilidad compartida. La respuesta ciudadana nos devuelve la certeza de que nadie debería cruzar este camino en soledad. Sostener a quienes sostienen la vida no es solo un acto de generosidad: es el deber ético y de liderazgo más urgente de nuestra sociedad. Sumarnos con una tapita, un corte de cabello, con voz o con presencia es indispensable. Porque la verdadera fuerza de un país se mide no solo por sus intenciones, sino por la capacidad de su gente para tejer redes que cuidan, acompañan y sanan.
Nota del editor: El Dr. Hugo Eustaquio Barreto es gerente Médico de Oncología en Merck México.
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Nota original: Expansión
