Nunca pensé en escribir, por lo menos no de forma consciente. Cuando estudiaba en la facultad, le huía a todo lo que tuviera que ver con el periodismo, porque de cierta manera me intimidaba. Me especialicé en Medios. Yo hubiera sido feliz cargando una grabadora y un micrófono toda la vida.
Y durante un tiempo lo hice. Pero la narrativa de nuestra existencia es voluble y da giros constantes.
Hoy, después de 11 años de carrera, soy un adicto a la escritura. Y de alguna forma lo fui antes. Cuando tenía 12 años comencé a escribir en versos canciones de rap. Eran los tiempos de la incomprensión del mundo. El rap y el grafiti me permitían gritar mi rabia, desafiar a la autoridad y a una sociedad que consideraba ensimismada ante la violencia que azotaba a La Laguna. Adopté el hip hop como cultura y como creencia. Y aunque ya no grabe rap ni produzca música, y aunque ahora mi escenario se ha trasladado a las páginas de este periódico, el hip hop continúa siendo mi faro cada día y lo sigo representando como lo hizo aquel adolescente.
Escribo esto a manera de presentación. Odio redactar en primera persona, pero he decidido inaugurar esta columna por una necesidad más personal sobre el oficio de escribir. Porque, ¿qué es para mí este oficio si no escapar de los ojos del mundo para llegar al principio del mundo? La escritora española Irene Vallejo me dijo que la originalidad remite al origen, por eso tuve que volver a subir los cerros de mi infancia y encontrarme con un pibe aspirante a poeta, un tal Saúl Sebastián.
El nombre ‘Océano sin barcos’ deriva de un verso de la poeta canadiense Anne Carson: “Navegamos madre en un océano sin barcos”. Sus palabras me dibujan una potente metáfora. La primera vez que las leí me remitieron a otra de mis historias favoritas: Butes, el argonauta de la mitología griega que se atrevió a escuchar el canto de las sirenas y se lanzó al mar. Más que una negligencia, el autor francés Pascal Quignard lo considera un acto de valentía: Butes fue el único de su embarcación que se lanzó hacia lo desconocido.
Todos deberíamos ser Butes, pues todos navegamos en un océano sin barcos. Yo intento ser un argonauta cada día, batiéndome en el mar de las palabras, aferrado a una letra para no ahogarme. Y cuando la tensión de las olas me desgarra, recuerdo a Butes y suelto todo lenguaje. Me hundo. Y cuando el peso de las aguas aplasta mi cuerpo en el fondo, recuerdo que es natural que todos muramos un poco cada día.
Amo la poesía, pero la poesía no me va a salvar de nada, aunque siempre me acompañará en mis intentos de salvarme. Por eso escribo esto con la mano de aquel niño que algún día se creyó poeta entre los cerros del poniente de Torreón.
Butes, al igual que la infancia, es rebelde; nada en sentido opuesto. Es tan rebelde como una hoja en blanco, donde el mejor poema es aquel que no se ha escrito.
Abrazos al poniente de Torreón, a esa infancia esculpida en mármol de la Sierra de las Noas y que siempre me orilla a escribir. Amor para los descendientes de quienes fueron obreros de fábricas como la Jabonera La Unión o la Hilandera La Fe. Somos el eco del origen de esta región, el testimonio de aquellos que han sido siempre fuertes.
