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El Despertar > CULTURA > Cuando el cuerpo se detiene
CULTURA

Cuando el cuerpo se detiene

Last updated: 2026/03/30 at 8:39 AM
4 Min Read
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Una librera me recomienda un libro. Reescribo. Una librera que antes fue cliente asidua de mi librería, y que conoce mis gustos, me recomienda un libro. Se agradece poder estar también del otro lado de vez en cuando.

Se llama Aún no se lo he dicho a mi jardín, de Pia Pera. Es un libro sobre la enfermedad, un diario personal; también es un cuaderno de observación, un ensayo sobre la naturaleza y una forma de pensar la vida cuando el cuerpo empieza a retirarse.

Pia Pera escribe mientras una enfermedad neurodegenerativa avanza en su cuerpo. La limita, le quita movilidad, le cambia la relación con las cosas más básicas. Entre ellas, el jardín, ese espacio vivo que antes cuidaba con dedicación —plantar, podar, decidir— empieza a transformarse sin que ella pueda intervenir del mismo modo. Ahí aparece uno de los núcleos del libro: el paso de una jardinería activa a una mirada atenta, casi contemplativa.

El texto está construido en fragmentos breves. Entradas que no siempre siguen una línea narrativa, pero que van acumulando sentido. A ratos parecen apuntes de diario, en otros momentos se acercan al ensayo, y en varios pasajes se detiene en descripciones muy precisas de plantas, estaciones, cambios mínimos en el jardín. Esa forma fragmentaria hace que la lectura no sea lineal. Avanzo como quien recorre un lugar; me detengo en ciertos puntos, regreso, leo de nuevo.

El libro no dramatiza la enfermedad. Está ahí, presente, pero no ocupa todo el espacio. Se integra a la vida cotidiana. A veces aparece en detalles muy concretos —no poder agacharse, depender de alguien más para tareas que antes eran propias— y otras veces se diluye en la observación del entorno. Esa manera de escribir evita el tono confesional, y sostiene una especie de equilibrio frágil, pero constante.

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También hay una reflexión sobre el control. Sobre la idea de que el jardín —y por extensión, la naturaleza— puede organizarse según nuestra voluntad. A medida que el cuerpo de la autora pierde capacidad de acción, el jardín crece de otra manera. Se desordena, se mezcla, se impone. Y ese cambio no es una catástrofe; es una revelación. El jardín no depende de ella. Nunca dependió del todo.

En ese punto se cuela una idea que atraviesa el libro. No estamos en el centro. No sostenemos el mundo. Somos parte de un sistema más amplio, donde las cosas continúan, se transforman y siguen su curso aun cuando dejamos de intervenir. La autora lo dice: “No creo ser muy distinta del albaricoquero que se está marchando, del jardín que se transforma y que un día, cuando ya no haya nadie que se ocupe de él, se confundirá con todo lo demás, y prevalecerán los árboles capaces de imponerse con el paso de los siglos”.

Leer eso en el contexto del libro cambia su peso. Es una reflexión sobre la muerte anclada en algo observable. En cómo un jardín se reorganiza, en cómo ciertas especies prosperan y otras no, en cómo el tiempo actúa sin pedir permiso.

El tiempo aparece en un doble sentido. El tiempo del cuerpo, que se acorta, que se vuelve urgente en ciertos momentos. Y el del jardín, que sigue ciclos más amplios, más lentos, menos atentos a la escala humana. 

Al terminarlo, queda una forma de mirar. Una atención distinta hacia lo que cambia, hacia lo que permanece, hacia lo que sigue ocurriendo aunque no estemos ahí para ordenarlo.

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