Su mano izquierda sostiene una corona de guirnaldas; con la derecha se aferra a una cruz sobre un risco. La figura dirige la mirada al cielo, como si buscase algo divino que observar. Dicen que es un ángel, aunque el relieve de su busto indica un perfil femenino. Tiene el cuerpo blanco, hecho de mármol importado de la región italiana de Carrara. En su mutismo alado guarda una historia que se convirtió en leyenda: “Enriqueta Crabtree de Gámez. 20 de marzo 1896 – 8 de octubre 1918. Recuerdo de su esposo y de su hijito”. El Ángel del Amor es una escultura funeraria de autor desconocido, misma que en el año 2004 fue removida del Panteón Municipal de Lerdo para ser reubicada en el ala norte de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en esa misma ciudad.
“Se hizo una leyenda”. En la sala de su domicilio, ubicado en la colonia San Isidro de Torreón, y a días de cumplir 96 años de vida, la poeta Rosa Gámez Reyes Retana abre con palabras su álbum familiar. Narra que su padre, don Francisco E. Gámez Espinoza, fue quien mandó construir el Ángel del Amor para la tumba de su primera esposa: doña Enriqueta Crabtree de Gámez. La mujer falleció en 1918, víctima de la influenza española; tenía apenas 22 años y estaba embarazada de su segundo hijo. Para don Francisco, su pérdida significó un dolor profundo, una herida eterna que simbolizó con la adquisición e instalación del monumento dos años después del deceso.
En 2017, la propia Rosa Gámez Reyes Retana publicó por vez primera la historia de este romance en un plaquette titulado ‘Ángel del Amor. En tus alas me eternizo’. El texto narra desde el momento en que Enriqueta y Francisco se conocieron, la manera en que se enamoraron, sus nupcias, el nacimiento de su primer hijo, el embarazo del segundo y cómo el virus de la influenza infectó a Enriqueta hasta cerrar su mirada.
“Mi papá estaba casado con la hija de un cónsul inglés. Ella se llamaba Enriqueta Crabtree. Y su mamá, Carlota, que era una gran pintora, reconocidos sus cuadros por aquellas academias que estaban, como la de San Carlos, en el Distrito Federal. Y vino la influenza española en 1918. Y le pegó, estaba embarazadita. Para mi papá fue una tragedia griega, porque estaba enamorado, recién casado y tenían un niño de un año y meses, ella embarazadita del segundo y le dio la influenza española y se murió”.
Según el libro ‘La epidemia de influenza española en la Comarca Lagunera’, de Leticia González Arratia, la influenza cobró la vida de 20 millones de personas alrededor del mundo. En ese entonces, la Comarca Lagunera fue de las regiones más afectadas con más de mil decesos.
El primer caso en La Laguna se documentó en Torreón el 3 de octubre de 1918. Cinco días después se contabilizaron 25 defunciones en una sola jornada. Para el 9 de octubre de 1918, un día después del fallecimiento de Enriqueta, se habían registrado más de 300 muertes por el virus. Ese mismo día, la Cámara Nacional de Comercio de la Comarca Lagunera convocó a una junta en el cine Pathé, ubicado en la esquina de la avenida Morelos y calle Cepeda, donde hoy está el Banco de México. Allí se creó un comité para enfrentar la pandemia.
GRAN HISTORIA DE AMOR
Enriqueta Crabtree era una artista. En Ciudad de México fue alumna del Conservatorio Nacional de Música y aprendió a tocar el violín, llegando incluso a ser becada en la Scala de Milán. Precisamente, fue la sonoridad de ese sonido la que endulzó los oídos de Francisco Gámez, cuando éste, nueve años mayor, la conoció durante un evento recaudatorio en beneficio de la entonces capilla de Lerdo.
Rosa Gámez Reyes Retana narra en su plaquette que ambos enamorados volvieron a encontrarse días más tarde en una fiesta de sociedad. Para ese entonces, Francisco E. Gámez, quien se dedicaba a la agricultura, ya no podía sacarse de la cabeza a Enriqueta: “Su mirada, como cámara fotográfica, ya no pudo dejar de enfocarla cuando la tenía enfrente, de cerca o en su imaginación”.
Francisco y Enriqueta se hicieron novios. Su amor emergió al ritmo de la reconstrucción regional tras el paso de la Revolución Mexicana. Se casaron el 11 de septiembre de 1816 y se mudaron a San Pedro de las Colonias. Entonces el mundo se estremecía ante la Primera Guerra Mundial; Europa entraba en crisis y Estados Unidos se alzaba como potencia bélica y económica. En ese contexto histórico, el matrimonio tuvo a su primer hijo, Francisco Gámez Cratbree (Panchito), nacido el 12 de agosto de 1917.
El matrimonio regresó a Lerdo. Francisco y Enriqueta eran felices, vivían en una casona, las cosechas prosperaban y parecía que la vida les sonreía. No obstante, Francisco tenía que trasladarse a San Pedro de las Colonias con frecuencia para atender sus cultivos y negocios, sobre todo en la culminación del ciclo agrícola de septiembre. Así que la mujer pidió acompañar a su esposo y pasar unos días con él.
Junto a Torreón, San Pedro de las Colonias fue de los poblados más afectados en La Laguna por la influenza española. Enriqueta tenía gran aptitud por la beneficencia y no dudó en apuntarse para cuidar a los enfermos. Fue allí cuando se contagió: fiebre alta, hemorragia nasal, los ojos afectados por marcas rojas en las escleróticas, fueron los síntomas que la tumbaron en cama.
A punto de morir y consciente de que el bebé en su vientre correría la misma suerte, Enriqueta se despidió de su esposo. Le dijo que evitara que Panchito, su primer hijo, contrajera el virus, que lo protegiera y que nunca se separara de él. También le expresó su deseo de ser sepultada en Lerdo. Ella murió el 8 de octubre de 1918 y el profundo dolor que Francisco sintió por su pérdida, lo hundió en sí mismo.
Dos años después, Francisco quiso representar el gran amor que le tuvo a Enriqueta y mandó pedir la escultura de un ángel aferrado a una cruz en mármol de Carrara para instalarla en su tumba. Es así como el Ángel del Amor llegó al camposanto. No obstante, el amor volvió a tocar a la puerta de Francisco y en 1921 se casó con Loreto Reyes Retana Nájera, con quien tuvo siete hijos más, incluida la poeta Rosa Gámez Reyes Retana.
“Me gusta la estatua. Es una estatua muy bonita y me acerca mucho a mi papá. Pobrecito, tuvo esa pena tan grande de perder a su primera esposa […] Sí tiene mucho de romanticismo, porque era un amor muy grande”.
MONUMENTO LERDENSE
Se desconoce la fecha exacta en que los laguneros comenzaron a llamarle Ángel del Amor a la escultura colocada sobre la tumba de Enriqueta. Tampoco se sabe el momento en que se le atribuyeron poderes sobrenaturales para ayudar a mujeres a encontrar pareja. Pero una nota de El Siglo de Torreón, publicada en noviembre de 1998, muestra que para ese entonces el monumento se encontraba mancillado con grafitis, besos marcados con lápiz labial, nombres de parejas y mensajes escritos con crayolas y marcadores permanentes, e incluso broches para el cabello.
Según información publicada por la escritora Magda Madero, hija de Rosa Gámez Reyes Retana y nieta de don Francisco, el deterioro de la escultura era tal que, en 2004, María del Refugio Franco Crabtree, entonces directora del DIF de Lerdo y familiar de Enriqueta, decidió retirar la escultura del panteón para rescatarla del vandalismo y donarla al obispado de Durango.
El relato de Magda Madero indica que, en abril de 2004, el Ángel del Amor fue desmontado de su base y llevado a la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, donde durante tres meses fue limpiado y restaurado por el maestro Carlos Estrada Sifuentes. Pero entre la población surgió inquietud por el hecho de que la escultura pudiera salir de Lerdo. Fue entonces cuando Rosa Gámez Reyes Retana intervino y, a través de un poder otorgado por los hijos de Panchito, descendientes directos de Enriqueta, consiguió que el Ángel del Amor se quedara en La Laguna, disponiendo como su nuevo hogar el atrio de la Parroquia del Sagrado Corazón.
Tres años más tarde, los restos de Enriqueta Crabtree fueron exhumados del Panteón Municipal, incinerados y depositados el 22 de febrero de 2007 en un nicho del columbario de la Capilla del Santo Niño del Tongo, al interior de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. Así es como, a pesar de lo acontecido, el Ángel del Amor continúa en la tarea de custodiar el alma de esta mujer,
Rosa Gámez Reyes Retana se conmueve al hablar de su padre y al imaginar el amor que pudo sentir por su primera esposa.
“Para mí, con los años que tengo, siempre he visto la riqueza del amor. Realmente, la persona que ama a sí misma y a los demás, tiene mucha riqueza. Sin amor estás vacío. El amor es una de las cosas hermosas que nos ha dado la vida”.
En el Panteón Municipal de Lerdo, a unos cincuenta metros de la entrada, sobre el camino principal, la solitaria base sobre la que se ubicaba el Ángel del Amor revela, en dos palabras, una frase que, si bien se refiere a un lugar de descanso eterno, puede representar el inmenso cariño que Francisco y Enriqueta se profesaron: “A perpetuidad”.
FOTOS: Ramón Sotomayor

